Boccardo, como Morel, aspira a construir un mundo donde las imágenes de la memoria persisten al mismo tiempo que la realidad. No se trata de reprensentar, sino de reproducir: el artista es un inventor que construye réplicas de objetos que no existen. Lo real no es el objeto de la representación sino el espacio donde un mundo fantástico tiene lugar. En ese sentido su obra se liga, secretamente, con ciertas tradiciones de la literatura argentina: como en Macedonio Fernández o en Adolfo Bioy Casares, lo fundamental no es el modo en que lo real aparece en la ficción, sino el modo en que la ficción aparece en la realidad.
Boccardo actúa como un arqueólogo que desentierra restos de una remota civilización. No descubre o fija lo real sino cuando ya es un conjunto de ruinas (y en ese sentido, por supuesto, ha hecho de un modo elusivo y sutil, arte político). Esta vez ha tomado los materiales de dos novelas que suceden en un tiempo paralelo y ha regresado con algunos objetos rescatados del naufragio. Más bien hay que decir que esta exposición gira sobre dos hombres (Morel y Russo) que inventaron dos máquinas mágicas para perpetuar a dos mujeres perdidas. Boccardo está emparentado con estos inventores obstinados que mantienen con vida lo que ha dejado de existir. Sabemos que la denominación egipcia del escultor era precisamente “El-que-mantiene-vivo”. La invención de Morel y La ciudad ausente tratan, si no me engaño sobre eso: cómo perpetuar lo que ha desaparecido, o mejor, qué hacer con las imágenes y las voces que se han perdido y persisten como fantasmas en los huecos de la memoria.

Ricardo Piglia
(Fragmento)

 

“La invención de Morel”
de Adolfo Bioy Casares
1996
(Fragmento)
200 m2

 

“La ciudad ausente”
de Ricardo Piglia
1996
(Fragmento)
200 m2